Cuando mirar atrás tiene sentido


Me acuerdo cuando compré mi primera agenda. Fue en enero del 2010. Estaba haciendo tiempo en el centro de Punta del Este. No sabía qué iba a pasar y no aguantaba la ansiedad. Hice lo más parecido a ver el futuro que se me ocurrió, mirar 365 páginas en blanco. Desde ese momento no dejé de completarlas día a día. El tiempo pasa tan rápido que no quiero sentir que lo malgasté. Necesito saber qué hice, qué aprendí, qué cambió. No puede ser cualquiera. Tengo que elegirla yo cuando siento que tengo que hacerlo, tiene que ser cómoda para escribir, tiene que tener señalador, tiene que decir Septiembre y no Setiembre -qué palabra horrible-, tiene que ser encuadernada, no tiene que tener dibujos ni colores. Puede ser negra, suela o rosa, pero ni muy grande ni muy chica y tiene que ser lo más parecido a un libro posible. Prefiero las simples de Cangini Filippi pero este año compré una diferente. Debo confesar que intenté suplantarla por alternativas digitales pero no pude, necesito usarla sin batería, sin conexión, que no dependa de nada. Necesito poder verla cuando quiera, cuando ya apagué todo. Más allá de las tareas diarias y evitar la sensación de que los días simplemente pasan, escribo para entenderme y recordar.
El 24 de marzo del 2015 tuve un par de reuniones y después descansé porque hace un par de días que no paraba en todo el día. Recuerdo que alguien me preguntó hace cuánto tiempo no tenía novio y yo dije que hace 4 años. Le pareció mucho, a mí no. Cuando llegué a casa, me acosté sobre la cama y escribí: "No entiendo cómo podría enamorarme de una sola cosa si ya estoy enamorada de todo. De la calle, del cielo, de la música, de las bandas, del apoyo que recibo, de mi carrera, de las cosas que me cuenta mamá por teléfono, de los mensajes con emojis que me manda papá, de la relación que tengo con mis hermanos, de las canciones, de mis amigos, de las charlas, de mis libros, de mis cuadros de Damon Albarn, de fumar un par de cigarrillos a veces, de la cerveza artesanal a la tarde, de las vidrieras, de escribir, de planear, de mis días, de las fotos que saco todo el tiempo, de Power Jump y Pilates, de Spotify y Netflix, de mis chelsea boots de Prüne, de mi blog, de tener tanto para extrañar, del presente, del futuro, de mi bajo, de la música que hago cuando nadie escucha, de las posibilidades, de aprender, de algunos errores y aciertos, del calorcito de la cama, de las sábanas perfumadas, de los macarons de avellana, de los bombones feos. Y lo único que puedo pensar es que la persona de la que me enamore más que persona tiene que ser un universo".

1 comentario:

Anónimo dijo...

Amo como escribis, necesitaba decirtelo.